Desde las cartas
Hoy le doy la razón a una persona que me dijo que el pasado era como un rompecabezas de muchas piezas y que el historiador tenía que reunir la mayoría de fragmentos para poder entender. Mi primera fuente, la más apreciada, me ha reconstruido, a su manera, lo que intuyo que es el inicio de esta historia.
Mi tía abuela Concepción, era una espiritista natural, o como ella mejor decía, tenía el "cerebro abierto". Cada vez que nos visitaba, mi hermano y yo eramos enviados a domir a casa de alguna vecina, pues mi tía se incorporaba con espiritus del más allá. Nunca pudimos estar presentes en esas sesiones que dejaban oliendo la casa a albahaca, ruda, rosas, loción "Faisan" y a mi madre con nuevas cosas que contar de la familia.
La última vez que Concha vino a Campeche, su cuerpo fue ocupado por mi abuelo Ramón, quien le reveló a mi madre la forma en que murió un 20 de noviembre. Y aunque quiso seguir comunicandose con su hija, fue interrumpido por otro fantasma que vivia en nuestra casa. Desde entonces, la tía Concha ya no regresó. Sufrió de algunas enfermedades y ya nunca más pudo viajar. Yo me quede con muchas de las historias entrecortadas que me cuenta mi madre sobre las sesiones que realizó la hermana de mi abuela, por eso cuando tuve la oportunidad visite en Monterrey a mi tía Concha, quien era una anciana que casi no veía, escuchaba poco y nada entendía, pero que aún prestaba su mente y cuerpo a espíritus.
Mi tía abuela Concepción, era una espiritista natural, o como ella mejor decía, tenía el "cerebro abierto". Cada vez que nos visitaba, mi hermano y yo eramos enviados a domir a casa de alguna vecina, pues mi tía se incorporaba con espiritus del más allá. Nunca pudimos estar presentes en esas sesiones que dejaban oliendo la casa a albahaca, ruda, rosas, loción "Faisan" y a mi madre con nuevas cosas que contar de la familia.
La última vez que Concha vino a Campeche, su cuerpo fue ocupado por mi abuelo Ramón, quien le reveló a mi madre la forma en que murió un 20 de noviembre. Y aunque quiso seguir comunicandose con su hija, fue interrumpido por otro fantasma que vivia en nuestra casa. Desde entonces, la tía Concha ya no regresó. Sufrió de algunas enfermedades y ya nunca más pudo viajar. Yo me quede con muchas de las historias entrecortadas que me cuenta mi madre sobre las sesiones que realizó la hermana de mi abuela, por eso cuando tuve la oportunidad visite en Monterrey a mi tía Concha, quien era una anciana que casi no veía, escuchaba poco y nada entendía, pero que aún prestaba su mente y cuerpo a espíritus.
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A diferencia de su padre, el nombre de su madre fue inconscientemente borrado. Sustituido por el recuerdo de una madre mala y quizás hasta perdida, lo único que fue para él. Al contrario de su padre, que le recordó cada minuto su nombre, no sólo con la voz, sino con golpes. Golpes que no eran para él, sino para ella.
Para esa mujer que decidió abandonar su pobre hogar. Esta mujer que se me ha perdido en el tiempo, desconocida de nombre y de rostro y que, sin embargo, sé cómo marcó a su único hijo varón.
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Era el año de 1912, cuando mi bisabuela conoció en isla del Carmen, Campeche a Ignacio, un joven zapatero, campesino y cazador. Mi bisabuelo ocasionalmente remendaba zapatos, botas y chanclas. Más tarde, al vivir juntos, su fuerte se convirtió en sembrar y cazar armadillos, los cuales eran cercenados en cuatro partes, hervidos y condimentados con achiote para vender la pieza por las calles.
El proceso era una de las tareas que mi bisabuela tomaría como suyas al casarse y que tenía que combinar con los quehaceres de la casa y el cuidado de sus hijas. Antes que Paulino, nacieron Esperanza, Amparo, Deborah y Rosa, todas ellas serían herederas de lo único que su madre podía darles: su belleza, que más tarde utilizarían concienzudamente.
La esposa de Ignacio, misteriosa para mí, y seguramente para él, no pretendió tener esa mísera vida que le dejaba la zurcida de calzado, los pocos frutos cultivados y la venta de armadillo sancochado. Su cuerpo y bello porte le habían augurado una mejor vida, lejos de la pobreza y cerca de todas las comodidades, además es seguro que nunca se había esforzado por nada durante fue niña y que todo había estado al alcance de su mano. O por lo menos eso hemos creído o nos hicieron creer. No sabemos de donde vino, ni quienes fueron sus padres. Ha sido borrada por completo de la historia familiar. Ni la tía abuela Concha a logró ubicar esa información entre sus amigos fantasmas.
Sólo sabemos que era una mujer alta de piel blanca, delgada y de caderas cadenciosas y carnosas, con ojos color miel y cabello castaño, largo y ondulado, que siempre traía suelto. Sus manos eran delicadas y de largos dedos. Sus pies suaves y blancos como leche. Sus mayores orgullos eran dos lunares. Uno de color rojo entre los pechos rollizos y uno más sobre el pie izquierdo. Decía que el primero era el símbolo del amor y el segundo de la suerte en la vida. Así que se sentía una mujer con mucha suerte, bendecida con los mejores dones y que por ello nunca le pasaría nada malo, en ningún sentido. Pero estaba muy equivocada.

Me gustó mucho la primer noción. Cuando mociona a Concepción, es una de las inspiraciones en mi vida, del saber de una fémina con esos caractéres. Un saludo.
Si, Concepción es un personaje muy interesante. Volveremos a ella después. Lo prometo.