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DESDE LAS CARTAS (tercera parte)

La voz de ella, desde el cuerpo de mi tía abuela Concha, me preguntó:
- ¿Sabes quien soy?
- No - respondí.
- Yo tampoco… hace mucho perdí mi nombre. Lo perdí en el monte, donde también perdí para siempre a mi hijo… a mi hijo Ramón…
Guarde silencio mientras ella lloraba. Las ideas me vinieron a la cabeza y pregunte:
- ¿Cómo perdiste tu nombre?

***

Cuando Ignacio la conoció en la Iglesia del Carmen, la vio pasar entre las bancas, digna, altiva y sexual. Había una multitud que hacía cola para llegar al altar. Todos se fusionaban con el interior bochornoso y apretado santuario, la fe los volvía a todos uno sólo. Pero ella era diferente. Estaba sola, pero no débil. Irradiaba todo y a todos. Bella y divina. Blanca y Olorosa a brisa. O por lo menos a si la percibía Ignacio.
Cuando la fila avanzó y ella se perdió entre la multitud, todo se desvaneció y el primer golpe de la realidad fue el calor de la isla. La iglesia apestaba a sudores combinado con inciensos; era sofocante el llanto de niños que se confundía con los rezos del interior y la música de la feria que estaba esperando a los feligreses. El mar de gente parecía no tener final. Aumentaba y aumentaba el número de personas.
Ignacio, al despertar del letargo estaba en medio de la iglesia. La buscó desesperado con la mirada y lo único que veía era gente y más gente. El pasillo principal, que divide la nave de la iglesia, contenía dos filas que iba hacía el altar. Al llegar, ambas filas se separaban para continuar a ambos lados de la iglesia, prolongándose hasta el atrio. Las bancas estaban repletas de niños, mujeres, hombres y ancianos. Algunos rezaban, lloraban, miraban hacía el altar o simplemente comían. Llevaban velas, rosarios, mandas, flores, hierbas o pescados fritos. Pero eso sí, todos no eran uno sólo. Cada uno vivía su soledad. No era como los vio en un principio, en masa. Mágicamente todo se había separado, inclusive el calor. Y eso le peso más. El reconocer que no era una sola cosa lo que lo rodeaba, sino eran muchas y que cada una lucha por un espacio.
Sintió que la iglesia era más pequeña, que el altar ya no estaba tan lejos, que estaba junto a su cara. Pudo ver el azul de las canicas que tenía por ojos la virgen del Carmen, sintió el calor de los cirios que estaban encendidos en los altares laterales, olió la albahaca mojada de todas las señoras, incluso probó lo salado de las lloriqueos de los niños. De pronto se sintió en una caja y quiso escapar.
Se levantó con cuidado, con el miedo de azotarse con el techo de la iglesia que se encogía y se encogía. Sin saber como, saltó a una familia que comía sentada en la misma banca. Llegó hasta el pasillo derecho donde la gente hacia fila hasta la salida y se quedo parado tratando de encontrar espacio entre la cadena humana y poder salir. De pronto una mujer gorda que estaba tras de él y que necesitaba ir al baño lo empujó, obligándolo a meterse entre la columna. La mujer se formó tras de él y comenzó a gritar para que avanzarán con rapidez.
Gritaba mientras empujaba. Ignacio comenzó a sudar y a tener nauseas. De pronto sintió que sus piernas no reaccionaban y que ya no podría caminar. Faltaba poco para la salida. Apoyó su mano en un Cristo sangrante que tenia una vestidura roja y cargaba la cruz.
La obesa mujer, le pareció que no podía esperar a que aquel hombre terminara de demostrar su fe al Cristo y lo empujó con más fuerza, logrando que suelte a la sagrada figura y avanzara. Ignacio tenía la vista nublada y cada vez veía menos. Avanzó por la fuerza de la mujer, pero no supo más de él hasta que la luz le pego de frente y el vómito le mancho la camisa. Había logrado salir de la iglesia y pudo recobrar las fuerzas. Ese fue el primer recuerdo de ella. Una experiencia espiritual y a la vez humana. Sintió tanta vergüenza que corrió a un tubo de agua para poder limpiarse la camisa.
No sabía por que había reaccionado así. Siempre había permanecido huraño a todo el mundo exterior. Todo le era ajeno, el dolor ajeno e incluso la contemplación de la belleza. Hasta ese día.
Camino hasta su casa con el sabor del vómito aún en su boca. La iba recordando e imaginándose una vida placentera a su lado. Se veía como su hombre, padre de sus hijos, protector de su familia, rodeado de hijos hermosos como su madre. Le construiría un palacio donde no necesitará nada, ni quisiera al mismo aire para respirar. Y él satisfecho de la complacencia que ella tendría a su lado.
Llegó a su hogar, pero no a la realidad. Tardaría muchos días, meses y años en hacerlo. Entro y colgó su hamaca, dónde se recostó para seguir imaginando la maravillosa vida que le esperaba cuando los hijos crecieran. Recibirían a los nietos y a la nueva familia que los colmaría de alegría. Envejecerían felices y morirían juntos. Quizá al mismo tiempo. Todos los recordarían por mucho tiempo. El amor que se profesarían durante vivieran sería su inmortalidad. Hablarían de ellos como la pareja que mejor se amo en la isla. No habría ninguna desgraciada que empañaría su amor. Eso suponía.
Y así continuó durante el amanecer, por que ya la noche había pasado desde hacía mucho rato e Ignacio no se daba cuenta que afuera el gallo cantaba; continuaba soñando con los ojos abiertos.
Eran las 11 de la mañana cuando sintió hambre. No había comido desde el almuerzo de ayer, justo antes de entrar a la iglesia de Nuestra Señora del Carmen. Fue el sentimiento de vacío lo que le permitió más o menos ver la realidad. Se levantó de la sucia hamaca y puso la olla para el café de tortilla quemada. Descolgó su morral de guano y metió la mano para sacar un pan dulce. Estaba duro y con hormigas. Lo golpeó en la mesa de madera y se desprendieron algunas hormigas y parte del azúcar. Después lo puso en el comal, mientras con un pedazo de periódico viejo servía café en una taza de peltre. Sacó, del mismo morral, una bolsa con un poco de azúcar morena y una cuchara media manchada. Con lentitud endulzó la bebida caliente y retiro del comal el pan que comenzaba a ennegrecerse. Antes de remojarlo en el café, raspó el bollo para quitarle algunas hormigas quemadas.
Desayunó tranquila y automáticamente, en silencio y sin movimientos bruscos. Pareciese que el tiempo se había detenido en torno a su ritual que acostumbraba hacer a las 7 de la mañana y no a casi medio día. La luz que se filtraba de entre las paredes de cartón y madera, suspendía la escena en un humo de polvo pausado, frágil y flotante. La luz no iba acompañada del acostumbrado calor de la isla, o por lo menos Ignacio no lo sentía así. Todo permanecía en calma y silencio reflexivo.