DESDE LAS CARTAS (Segunda Parte)


En la primera ocasión que volví a ver a la tía abuela Concha, me pareció que aquella mujer rozagante, gorda, de largos cabellos negros, de manos laboriosas y ojos vivarachos que había conocido de niño, no era la misma que estaba sentada en su mecedora de aquella lujosa y moderna habitación de Monterrey.

La anciana, que me esperaba, estaba consumida por los años. Su pequeño cuerpo, totalmente arrugado, sólo le permitía estar encorvada. Su respiración era lenta y escandalosa. Envuelta en rebozos oscuros, Concepción estaba totalmente ciega y media sorda, lo que haría difícil entablar una entrevista con ella.
De entrada me preguntó quién era cinco veces. Luego me pidió que le diera ambas manos. Sentí la piel de sus manos caliente y llena de surcos. Me tomó temblorosamente las extremidades y extendió hacia arriba mis palmas, las cuales pellizcó fuertemente.

-¿Por qué no trajiste a Ángela? ¿Por qué no le dijiste que venias a visitarme? – Dijo la anciana, mientras continuaba sosteniéndome las manos. No conteste.

Efectivamente mi mamá creía que estaba en un congreso de Historia en la Ciudad de México y no que había ido a Monterrey a otras cuestiones que no tenían nada que ver con mi profesión.

Sin soltarme, me pidió que cerrara los ojos para que ella pudiera oír mejor mis pensamientos. La obedecí sin cuestionar. Sabía de su poder mental. Y entonces su voz fue más segura.

-Quiero que recuerdes cuando fui la última vez a Campeche- dijo claramente, al mismo tiempo que sus manos dejaron de temblar. Me fue fácil, pues su olor a albahacas y alcohol me ayudaron a visualizarla sentada a las doce del día en la cocina de mi casa de Lerma con su sonrisa alegre y comiendo pescado frito en compañía de Don Xeno, mi abuelo paterno.

-¿Y cómo esta Don Xeno? ¿Ya no piensa en su hijo?- Interrumpió mis recuerdos.

Era verdad. El hermano más joven de mi papá había muerto hacía un año a causa del SIDA. Su agonía fue muy larga y deprimente. Durante todo ese tiempo mi abuelo, había estado a su lado, viendo como se consumía cada día más. Sin saber la verdad de su muerte, Don Xeno, aún no superaba que su hijo de 38 años haya muerto.

-Pues más o menos. En eso anda. No creo que pueda resignarse pronto.- Respondí sin abrir los ojos.

-Dile que no lo piense, Pepe tiene que descansar. Salúdamelo mucho.- Dijo Concepción.

Continúo haciéndome preguntas de los últimos acontecimientos de la familia, que en teoría, ella no debía saber, principalmente porque no tenía contacto con nadie de nosotros desde hacía muchos años. Hasta que en una de mis respuestas, donde le explicaba que no vivía con mis papás desde 1997, me interrumpió sus ronquidos. Abrí los ojos y la vi durmiendo. Quise levantarme, pero sus manos seguían sujetando las mías con fuerza. De pronto comenzó a quejarse como si algo le doliera en su cuerpo. Sus lamentos eran una especie de quejido con los labios cerrados. Como una especie de pujidos lamentosos.

Quise salir a buscar a una de sus bisnietas, pero la anciana no me soltaba. Me desespere al no poder ayudarla y comencé a mirar a la puerta, mientras mi frente comenzaba a sudar. Desee no ser tan penoso y poder gritar para que alguien entrara a ayudarla.

Cerré nuevamente los ojos para tranquilizarme y saque aire para relajarme. Recordé que mi mamá me había contado como había sido la primera vez que estuvo en una sesión con Concha. En esa ocasión, fue el espíritu de Dulce María, mi abuela materna, quien había usado el cuerpo de la tía médium.

Aquel día, Concepción había llegado de visita de manera improvista. Nadie la esperaba. A la casa llegó sola a las seis de la mañana. Platicó un rato con mi mamá, aunque no supo explicarle el porqué de su viaje. Al poco rato dijo que descansaría del largo viaje desde el norte del país, por lo que se acostó en una hamaca en el cuarto de visitas. A las diez de la mañana, mi mamá oyó un ruido extraño en la planta alta. Subió y escuchó que mi tía se quejaba. El mismo quejido que ahora yo estaba oyendo. Sin saber qué hacer, trató de despertar a Concha, pero en respuesta mi tía comenzó a llamarla con otra voz.

-Angela… Angela…- Repetía en un tono bajo.

Mi mamá, sabiendo que mi tía era una especie de curandera, fue en busca de Gloria, la hermana de mi papá.

En su primer matrimonio, Gloría se había ido a vivir a casa de su suegra Doña María, ahí mismo, en el pueblo de Lerma, cerca de lo que hoy es la Termoeléctrica. Este pueblo, cercano a Campeche, se caracterizó durante el siglo XIX y hasta mediados del XX por tener muchas familias que se dedicaban a las artes mágicas. De hecho, en la familia de mi papá se jactan todavía de haber tenido entre sus miembros algunos brujos que acostumbraban a convertirse en chivos, cerdos o perros. Don Xeno aún cuenta que su mamá resguardaba libros oscuros que le habían heredado. Precisamente Doña María pertenecía a este pueblo de brujos. Era una mestiza gorda y chela que exhibía orgullosamente una gran verruga en su frente. Por las mañanas se dedicaba a vender pescado, mientras que por las noches recibía a señoras adineradas del centro de Campeche que acudían hasta Lerma para que les leyeran las cartas españolas, les hicieran limpias o les quitarán el mal de ojo. Pero además de esos trabajos, Doña María también era médium y Gloria le había tocado algunas veces ser su asistente en las sesiones de incorporación. Tiempo después la cuñada de mi mamá se divorció y regresó a casa de Don Xeno, precisamente a lado de donde nosotros vivíamos.

Cuando Ángela le contó a Gloria lo que había pasado esa mañana con la tía Concha, la hermana de mi papá le dijo que la llamará en caso que volviera a suceder por que ella sabía como hacer el contacto.

El día transcurrió normal, a excepción que la tía se sentía más cansada que cuando llegó. Decía que alguien había querido usar su cuerpo, pero que no lograba identificar quien.

Esa noche, luego de la cena, Concepción se acostó a dormir y mis papas salieron a tomar el aire y a platicar en la puerta, como es costumbre en todavía en las comunidades de Campeche. Al poco rato mi mamá regresó y al pasar por las escaleras volvió a escuchar los quejidos en el cuarto de visitas. Sin pensarlo mucho, llamó disimuladamente a Gloria, quien rápidamente preparó un poco de loción Faisal y ambas subieron al cuarto donde estaba acostada Concha. Al entrar, Gloría se inclinó un poco, como reverenciando.

-Buenas noches, hermanito- Dijo.

-Buenas noches, hermanita- Contestó Concha, de nuevo con la voz distinta.

-¿Qué deseas, hermanito?- Volvió a decir Gloria.

-Ángela… - Y comenzó a llorar desconsoladamente con los ojos cerrados. Era la voz de Dulce María, la abuela materna que había muerto hacía más de ocho años en Escárcega.

-Quiere hablar contigo, yo estaré afuera. Avísame cuando terminen para que yo la regrese.- le dijo Gloria a mi mamá y cerró la puerta de la habitación.

Esa noche, Ángela se enteró que mi abuelo Ramón cada noche salía con un machete para matar a su hija Carmen, quien vivía en el patio con su esposo y sus hijos pequeños. El espíritu de Dulce María lloraba porque veía que la soledad de mi abuelo había llegado al límite que su cabeza permitía y poco a poco iba perdiendo la razón. Ella no podía descansar por estar junto a él, pero no era suficiente. Necesitaba que mi mamá la ayudara. De sus cinco hijas y su único hijo varón, había elegido a mi mamá.

-Ve por tu papá. Sácalo de Escárcega o pasará una desgracia. Se va a condenar. Hija, no tardes porque hoy Ramón puede cometer una locura… La soledad lo vuelve loco y tu hermana no lo quiere en su familia. Ella sólo quiere el terreno para terminar de construir su casa. Él no quiere salirse de ahí. Sigue viviendo en la casa de palos y tampoco esta cultivando su parcela. Yo estoy con él, pero ya no me recuerda por la maldita soledad que le volvió de repente a la cabeza. Ya no puedo seguir siendo el ancla de su razón. No desde que me fui. Ve por él, hija, sálvalo de él mismo. Yo sé que sólo a ti te hará caso. No confía en nadie más.- Decía la médium mientras continuaba llorando sin abrir los ojos.

-Mamá…- Respondió Angela mientras escuchaba al espíritu de Dulce María.

-Ya me voy hija. Cuídate y cuídalo.- Y así mi mamá oyó por última vez la voz de su madre.

Los quejidos de Concha me volvieron al presente. No lo pensé más. Voltee a ver a la ventana y pude observar a la luna que ya surcaba los cielos regiomontanos.

-Buenas noches, hermanito- Dije en voz quedita, con la emoción de no saber qué pasaría.

Inmediatamente, como si estuviera esperando la contraseña para abrir las puertas desconocidas, contestó una voz distinta a la de la anciana:

-Buenas noches, hermanito- dijo dulcemente, mientras los pelillos de mis dos brazos se erizaban.

-¿Q-Qué d-deseas… hermanito?- conteste torpemente a causa del miedo.

La voz coqueta que continúo surgiendo del cuerpo arrugado de mi tía abuela Concha era el de una mujer desconocida. No la identifique con nadie que haya conocido.

Hoy, luego de muchas suposiciones, creo haberlo descubierto. Un espíritu que quería exculpar sus pecados desde el más allá. Alguien que se negó a darme su nombre porque incluso ella lo había olvidado. Ese espíritu fue quien me contó la de vida de Ramón.



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